Reencontrarse con esta canción es como reencontrarse con un viejo amigo: un momento mágico.
Alvin Lee y sus muchachos (Eric Lee, Leo Lyons y Chick Churchill) sacaron éste y otros himnos allá por los años 60, en una Gran Bretaña donde eclosionaban grupos (Cream, por ejemplo) que rendían tributo al Rythm and Blues del otro lado del atlántico, dándole su particular enfoque.
Entre 1967 y 1969 rompieron moldes y saltaron a la fama, encumbrándose con la interpretación de 11 minutos que se marcó Alvin, guitarra en mano. Dejó boquiabierto a todo Woodstock con su archiconocido tema I´m going home. A partir de ahí vino la locura y Ten Years After no pararon de girar y girar por los más importantes festivales de su época (Isla de Wight, 1970) hasta que agotados, en 1974 tiraron la toalla.
Seis discos dan fe de la calidad de este grupo y entre ellos queremos destacar esta canción. Por su mensaje, por olvidada.
...Nos gustaría cambiar el mundo, sí, pero no sabemos cómo... Dime donde está la cordura....
Suenan tambores de guerra en Corea, amigos. Los norcoreanos, con su "líder" al frente como el más flipao de todos ellos, quieren jugar al Risk pero con misiles de verdad. Y para ello, están decididos a arrasar con Corea del Sur y cualquier cosa que huela a estadounidense. Suponemos que Mickey Mouse, incluido.
Por culpa de una dictadura estalinista y cateta donde las haya, la tercera guerra mundial puede asomar el hocico de aquí a nada. En vez de dedicarse a destrozar los escaparates de algún Mac Donald´s, como se hace en Occidente, o piratear las películas de Hollywood, se la han tomado por la tremenda y quieren liarla parda. Algo que los USA, un país donde puedes comprar armas en un supermercado (recordemos), no va a consentir.
Por todo ello, por tirios y troyanos, volvemos a sacar a la luz esta canción.
A finales del 82, con la resaca del Mundial a cuestas, un grupo madrileño llamado Polanski y el ardor sacó esta canción como maxisingle. La Guerra Fría estaba en pleno auge y en la Europa libre algunos se jiñaban la pata abajo temerosos de que a los soviets les diera por sacar a pasear sus misiles fuera de la Plaza Roja. El caso es que tuvo éxito y durante algún tiempo se escuchaba tararear por ahí, con hombreras y a lo loco, el título de esta canción. Animados por ello, En el 83, sacaron el que sería su único disco "Chantaje emocional". Gira al canto y separación al año siguiente fueron el resultado de su efímera carrera.
Víctor, Pejo, Carlos y Sebastián sonreirán donde quiera que estén cuando algún cuarentón, nostálgico de la movida madrileña, silbe o tararee dicha canción. En algún atasco o a última hora, cerrando bares entre semana, como Dios manda.
¿Qué harías tú en un ataque preventivo de Corea del Norte? Seguramente lo mismo que ellos. ¡No sé!
Marvin Lee Aday. Todo un currante. Del cine y de la música. Del cine, en papeles pequeños, esporádicos. En la música, aunque en un principio no tuvo suerte, pudo componer y sacar a la luz esta pequeña obra maestra, como disco y como canción titulada Bat Out of Hell.
Corría el año 1976 y tras ser rechazado en todas las discográficas, sólo un productor se atrevió a apoyarle, lo que le posibilitó hacer el disco realidad. Su lucha ha sido constante. Ha seguido en papeles pequeños, casi minúsculos (quizá se le recuerde más por la película Locos en Alabama o en El club de la lucha). De la música, le vino el éxito en 1993 de la mano de su "Bat Out of Hell II" con canciones como " I´d do Anything for love", que llegó hasta lo más alto en las listas de éxitos. Incluso obtuvo un Grammy. Y poquito más, la verdad.
Se ha arruinado un par de veces y la suerte no le ha acompañado como debiera. Le han cerrado muchas puertas. Aún así, Marvin no se ha rendido y ha seguido ahí, al pie del cañón.
Nos ha legado, para mi gusto, una canción y un disco con sabor a ópera rock, con unas composiciones sumamente cuidadas y con una de las introducciones más contundentes, explosivas y geniales que una canción puede tener. Una puñetera obra maestra que merece ser puesta una y otra vez, una y otra vez, hasta transportarte más allá del cielo y del infierno. A un mundo sólo de música.
Tengo la piel de gallina y no es para menos. A todos los que en algún momento de nuestra vida hemos escuchado el rock duro curtido en España, no podemos evitar esta reacción al poner esta canción.
Dice Lemmy Kilmister (cantante y bajista de Mötörhead), que la música que escuchas de los 15 a los 20 años te marca para toda la vida. Luego podrán venir otros estilos y otras músicas que se incorporan a la banda sonora de tu vida. Sí. Pero parte de ese salvavidas que te ha mantenido a flote en tiempos tan turbulentos, es éste: tu música. Y estoy de acuerdo. ¡Cuántas veces nos habremos refugiado en la letra de esta canción! Cuando las cosas en el instituto iban mal, cuando te diste cuenta de que esta sociedad es pura hipocresía, cuando, sencillamente, te encontrabas perdido. Sin saber que dirección tomar. Náufrago en un mundo (mundo = familia) al que tus sueños le importan un bledo. Y, de repente, suenan canciones como ésta. Y la luz se hace. Te socorre. Se convierte en uno de los faros que te impide estrellarte contra los acantilados, que te resquebrajes en mitad de la noche, que mueras en el intento de llegar a buen puerto.
Todo esto que ahora, con otras edades y otros problemas, hemos ido olvidando y relegando a un segundo y a un tercer plano, ha estado ahí. Latente. Y con la perspectiva de los años, al seguir disfrutando de esta magnífica canción, no sólo vuelven los recuerdos ( el barrio, los colegas, el instituto, los bares, los primeros reveses sentimentales, etc...). También vuelve a encenderse ese faro que parece que ya no necesitamos y que sin embargo, aparece de repente y nos recuerda de donde venimos. Para no perder esa guía.
El Barón sigue vivo, resistiendo y dando caña.
¡¡Larga vida al rock and roll! ¡¡Larga vida a Barón Rojo!!
Simplemente que sus canciones han traspasado fronteras. Da igual que el lugar se llame Utah, Madrid o Roma. Es la magia del rock and roll. Es la magia que llevan sus letras, su música. En ellas, a lo largo de los años, se han contado multitud de historias. Se habla de la gente de la calle, de esa gente "invisible" que nunca saldrá en los periódicos o en los libros. Se habla de tristeza, de rabia. De dolor y superación. Se habla de todo aquello que podemos sentir y experimentar a lo largo de nuestras vidas. Se habla de eso, precisamente. De vida. Vidas en común de gente anónima que ni tan siquiera se conoce y que pasa por todas esas sensaciones.
Por eso son escuchadas.
Sólo necesita una armónica y una guitarra. Y sus amigos, que lo acompañan: la E Street Band. Grandísimos. Incombustibles en directo.
Cantan sobre ti, sobre mí, sobre todos nosotros. El 99 % que sólo desea poder vivir en paz y en buena compañía.
Bruce Springsteen es nuestra voz. Sus canciones son nuestras propias vidas.
La canción original se llama The Fisherman´s Blues. Es de un grupo ochentero británico de raíces folk y rock, The Waterboys. Y estos chicos de Pucela, en 2010, no sólo respetan la música original sino también la letra. Dentro de un magnífico disco de versiones: Introversiones.
Esta canción suena a noche estrellada, a guitarra acústica y a reunión de amigos alrededor de la lumbre.
La melancolía y la ensoñación se apoderan de uno a medida que vas recorriendo sus cuatro minutos y, definitivamente, al final, te invade la sensación, de que, efectivamente, quieres coger tu barca e irte lejos. Allí, donde nunca te pueda atrapar la tristeza.
¿Cómo es posible que tres simples acordes te hagan vibrar tanto?
Ésa, es la magia del rock and roll, chavales. Una de nuestras canciones favoritas, sin duda.
¡Y qué canción!
Neil Young la compuso en 1989 y desde entonces no ha parado de sonar. Bien a través de él, bien a través de grupos como el que nos ocupa, Pearl Jam. Y es que si algo tiene el autor de canciones como Heart of gold o Harvest moon, es calidad. La calidad de sus letras, muy comprometidas socialmente, y la calidad de su sonido, han influido tanto en músicos posteriores que al maduro autor canadiense se le considera el "padrino" del grunge. No es de extrañar que gente como Nirvana y Pearl Jam lo subieran a los altares.
Gracias. Gracias a Leño (Rosendo, Ramiro, Chiqui y Tony) por sus canciones, por dejar un toque de calidad y de maestría en su corta pero intensa vida (1978 - 1983).
Gracias por introducir el rock urbano en este país. Por subir el volumen y dar caña. Gracias por hacernos sentir nuestras esas canciones, por seguir
cantándolas después de tantos años, por recordar años de juventud y a
colegas que se fueron por otros caminos. Gracias por volvernos a unir en
cada surco de cada disco. Por hacer de vosotros uno de nuestros mayores
orgullos.
Gracias por dar voz y letra a miles y miles de gargantas de mogollón de barrios olvidados, de barrios obreros de Madrid, primero, y del resto de España, después. De gente que sigue luchando día a día, desde sus trabajos, desde sus estudios, por abrirse paso en la vida, para no tirar la toalla.
Un servidor estaba todavía en el instituto cuando escuchó por primera vez a este grupo inglés a caballo entre el punk rock y la música celta. Algo así como nuestros queridos Celtas Cortos pero un pelín más cañeros. Un amigo me pasó su segundo disco (levelling the land) y escucharlo y verles, más adelante, en la sala Revólver, fue todo uno. Allí estaba yo, recién operado de apendicitis, sujetándome la herida con una mano y dando saltos como un poseso.
De Brighton, del año 88 y hasta la fecha. Siguen dando caña tanto en la música como en sus letras. Muy reivindicativas. No es de extrañar con el nombre que tienen.
The Levellers fueron un grupo armado de la Inglaterra del siglo XVII que luchaba por la Igualdad ante la Justicia. El pueblo llano contra los poderosos. Como ahora. Como siempre.
Lo que parecía ser mezclar churras con merinas, es decir, rap y heavy metal, lo consiguieron realizar grupos norteamericanos como Anthrax, dándole caña a las guitarras mientras que los Public Enemy iban rapeando. Aquella mezcla impactó tanto que más adelante comenzaron a surgir grupos que unirían ambos estilos, con la misma rabia, de la que Def Con Dos es nuestra versión patria.
Las letras no tienen desperdicio, siendo ellos (y no otros), el primer grupo en castellano que aparece con la mítica pegatina de advertencia a los papás, que los adolescentes y preadolescentes tienen a bien saltarse a la torera.
La canción que nos ocupa, gracias a su estribillo, traspasó las propias lindes de lo musical. Se pudo escuchar, allá por el 99, en ciertos bares y a ciertas horas, aquello de : "la culpa de todo la tiene Yoko Ono". Cosa que ha quedado en el imaginario colectivo para mayores de 35, claro está. Y más que del imaginario colectivo de mayores de 35, de - mayores - de -35 - que - escuchaban (escuchábamos - y - seguimos escuchando) - música - rock - en - español. Aaaahora sí, ¿a qué sí? Que alguno queda.
Y si no es el caso, pásmense con la canción y ya saben a quién echarle la culpa cuando lleven una copita de más.
P.d.: La biografía en Wikipedia. Gracias. O preguntarle a Álex de la Iglesia, en cualquier caso.
P.d. 2: Def Con Dos es el estado de alerta número 2 que los militares norteamericanos tienen previo a darle al botón rojo de los misiles. De nada.
¿Es posible fusionar un ritmo latino con un sonido proveniente del rock and roll? Es posible.
¿Es posible fusionar una música tan complicada como el jazz? Es posible.
¿Es posible ser el único invitado por dos veces en la canción We are the world, de Michael Jackson? Es posible.
¿Y recibir innumerable cantidad de premios por colaborar en la defensa de lo hispano en Estados Unidos y , a su vez, entrar en el Hollywood hall of fame? Sí. Es posible.
¿Es posible participar en el mítico festival de Woodstock de 1969, vender 50 millones de discos, difundir la paz y la música como medio de expresión cultural mientras que se defienden causas humanitarias?
Definitivamente.
¿Y es posible seguir al pie del cañón desde 1969 sacando discos donde la gente más importante de la música se pegue por colaborar con él?
Fijo.
Pues todo esto es éste mejicano llamado Carlos Santana. Todo esto y mucho más. Como esta canción, Europa, compuesta en 1976 y escuchada a lo largo y ancho de todo el planeta. Oye, como va, Samba pa tí, Corazón espinado y Black Magic Woman (versión de la original de Fleetwood Mac), son otras tantas, por ejemplo.
Poco más queda por añadir. Servidor va a sacar su Fender Stratocaster invisible y ponerse a tocar como un loco. Escúchenla y juzguen ustedes mismos.
Corría el año 1974. Un servidor venía al mundo en Madrid y un grupo de chavales, hartos de que les pidieran pasodobles en sus actuaciones, decidían ponerse un nombre que no dejara lugar a dudas de lo que querían tocar: Coz.
Con miembros que van y vienen, su primer éxito (la canción titulada más sexy), lo componen los hermanos de Castro (futuros Barón Rojo), Cutu de la Puente y Juan Márquez. Era el año 1979.
En 1981, mientras un servidor recibía collejas en la E.G.B., la canción que nos ocupa no paraba de sonar en las ondas hercianas. La formación del grupo era distinta (los hermanos de Castro se fueron y aparecieron Eduardo Pinilla y Tony de Juan) pero las ganas de seguir rockanroleando eran las mismas. De ahí el exitazo.
Acompañabas a tu madre al mercado y la gente que estaba trabajando, canturreaba la canción alegremente. Por la calle se oía algún estribillo que otro e incluso en la peluquería, entre corte y corte, ahí tenías al peluquero, ris, ras, y una voz al lado de tu oreja susurrando las chicas son guerreras.
Un servidor, que por aquel entonces no pasaba de los 8 añitos, no entendía apenas la letra y francamente, me daba igual. Ya en el instituto me daría cuenta de todo ello. Y claro, con más perspectiva, al final tú también la terminabas canturreando.
Coz tuvo otro éxito más en 1989 con la canción titulada Animal en extinción. Muy biográfico este título, por cierto. Su carrera siempre se ha visto zancadilleada por las multinacionales. Grababan, tenían algo de éxito y por añadidura, movida con la discográfica de turno. Se iban, encontraban otra y vuelta a empezar. Una pena.
En 1998 regrabaron sus mejores canciones y lanzaron su recopilatorio: Hasta que la suerte nos separe. Y ahora, en la era de internet, siguen al pie del cañón con un último disco sacado en 2008 (Revuelta). Ellos también son guerreros, a fin de cuentas.
Cuando uno se cansa de tocar para otros, es normal que quiera probar suerte por si mismo. Así nació este grupo. Toto es la unión de varios músicos de estudio estadounidenses, cansados de ser mercenarios.
Steve Lukather, Steve Porcaro, David Hungate y Bobby Kimball, nos han dejado para el recuerdo canciones como Rosanna, Africa y ésta última: Hold the line.
Desde 1977 siguen ahí, a pesar de las altas, las bajas y el fallecimiento de uno de sus componentes.
Un servidor les descubrió gracias a sus amigos. Poníamos la canción en el cassette del coche y la cantábamos a coro. Cabeza arriba, cabeza abajo y la stratocaster, la batería y el teclado invisibles dando las notas exactas. ¡¡Hold the line!! ¡¡Na, na, nananá!! , ¡¡Na,nananana, nananá!! ¿¿Ou, ouou!! (Lo siento, nunca nos aprendimos todo el estribillo). Fue una de nuestras canciones antes de calentar motores. Antes de perdernos en la noche madrileña de fin de semana. Nunca escuchamos música mejor por ahí.
Y aquí están. Para todos ustedes. Músicos profesionales que han sabido combinar y experimentar con diversos estilos: rock, blues, pop, funk y una pizquita de jazz. Y entre medias, echando una manilla a gente como Elton John, Pink Floyd, Michael Jackson, George Benson, Paul Mcartney, Steely Dan, Carlos Santana, Eric Clapton, etc...
Cuando uno se marcha de su barrio de toda la vida, deja una parte de la suya allí. En las calles que le han visto crecer, en los bares y pubs que le han dado cobijo y protección, en el parque donde se juntaba con los colegas y sobre todo, en el corazón de la gente que ha estado con él, que ha formado parte de su historia personal.
Sin ellos, esas calles, esos bares y esos parques no se pueden recordar con cariño. Sin ellos, esos bares, esas calles y esos parques son sólo un elemento más del paisaje urbano que nos rodea. Como uno mismo. Sin alma, sin recuerdos, sin vida.
Por eso, esta canción va dirigida a ellos. A todos ellos. A los que se han quedado y a los que ya no están.
En estas letras se encontrarán no sólo con las vivencias de unos chavales de Vallecas que decidieron hacer un grupo en 1978. No. Se encontrarán con parte de los suyas propias. Esa amistad de toda la vida sobrevivió a otro grupo mítico anterior, Asfalto, y pudo continuar en Topo.
Con un rock and roll desenfadado, este grupo tiró pa´lante con los años 80 hasta que el cuerpo no aguantó más. En la memoria quedan su batería, Terry Barrios, y su teclista, Víctor Ruíz. Descansen en paz. En 1988 el grupo se disuelve y en 1998, los supervivientes (Lele Laina y José Luis Jiménez) deciden refundar el grupo y seguir.
Pude disfrutar de ellos y su magnífico doble directo Mis amigos están vivos (1988), grabado en la mítica sala de rock Canciller, y literalmente, gastar la cinta cassette poniéndola una y otra vez.
Letras a caballo entre el nihilismo y la filosofía existencial: colores, el periódico, ¿qué es esta vida?. Letras reivindicativas: Vallekas 1996 (futuro orweliano donde los haya y compuesta entre 1978-79), Marea negra ( de1982 y anticipando las consecuencias de los vertidos de fuel en el mar) y letras nostálgicas: Trae a casa tu amor (versión en castellano del clásico del bues Bring it on home to me de Sam Cooke), le hacen un grupo especial dentro del panorama rockero de la época.
Y sobre todo, la canción que nos ocupa. He escogido este vídeo porque aquí están todos los compañeros del gremio, echando una manilla: Fortu (Obús), Rosendo, José Carlos Molina (Ñu), Jero (Saratoga), etc... Están todos en el mismo barco y las rivalidades sobran.
Cuando uno establece su vida en otro lado y cuando vuelve al barrio, aunque sea por unas horas, rebobina y a su mente acuden los amigos, los colegas, los que fueron y los que, pocos, pero aún quedan. Y ésta canción nos vuelve a juntar a todos. Aunque sea por unos minutos.
Las hermanas Wilson. Ann y Nancy Wilson. Tanto monta, monta tanto. Fundadoras del grupo canadiense Heart en los años 70. Con una influencia muy fuerte de Led Zeppelin, por un lado, y del folk, por el otro. Durante esta década arrasan en Estados Unidos y en Canadá donde llegan a vender más de 30 millones de discos. Canciones como "
Barracuda" o la que nos ocupa "Crazy on you" las catapultan al éxito. Sus composiciones, y sobre todo, la extraordinaria, repito, la extraordinaria voz de Ann Wilson, son las culpables de ello. Y es aquí donde sobreviene lo inevitable, por desgracia. No contentas con su estilo, los nuevos tiempos (la década de los 80), imponen su propio sello y ya se sabe que muchos grupos, o se reinventan o se quedan en el camino. Y Heart no son una excepción. Abandonan su legado zeppeliano y se sumergen de lleno en el AOR y en temas más comerciales. Componen baladas como quién hace churros. Y gracias a la magnífica voz de Ann, se mantienen en la cúspide.Y aquí se quedan. Subidas en lo alto de la montaña rusa, se relajan tanto que ya van sacando discos de cuando en cuando (cada 5 o cada 10 años), hasta desaparecer por completo de la escena musical. Una pena. Tuve el privilegio de escuchar una versión de Led Zeppelin (
The Battle of evermore) que se marcaron para un disco recopilatorio de música grunge. El motivo fue reunir a lo mejorcito de la escena de Seattle en torno a la banda sonora de una película (Singles), de 1992. Y ahí tenéis a un servidor, en plena edad del pavo, escuchando y rebobinando con devoción una y otra vez dicha canción. A riesgo de ser sacrílego, diría que es casi mejor que la original. (No me lapiden, por favor). Lo que me llevó a investigar sobre estas chicas y a pillarme un par de discos (uno como Heart y otro como The Lovemongers) de estas muchachas. Fue en el primero donde me impactó el tema que da título al post, y, ya no me queda más remedio que difundir la susodicha para beneplácito del resto de los mortales. He escogido esta versión porque en ella se puede dar fé de la increíble voz de esta mujer, Ann Wilson. Ahora entenderán por qué no ahorro en adjetivos. ¡¡Guau!!
Corría el año 1981. Joaquín Sabina, por aquel entonces, era Joaquín Sabina. Alguien que se buscaba la vida como podía tocando en pubs nocturnos durante la famosa movida madrileña. La fama y las giras por estadios llegarían después. Y he aquí uno de esos recuerdos más cálidos y entrañables de toda una época: la Mandrágora. Este disco se grabó en directo en el sitio del mismo nombre, ya cerrado, situado en la mítica Cava Baja, en pleno centro de la Villa y Corte. A pachas, como se suele decir. Un mano a mano entre Joaquín Sabina, Javier Krahe y Alberto Pérez. Fue éste, el primer acústico que salió a la venta en nuestro país muchos años antes de que se pusieran de moda y acabáramos todos empachados de tanto desenchufe eléctrico. He escogido esta canción porque comienza con dos de los cantaautores (Sabina y Pérez) preguntándole al personal por su compañero Krahe, al cual no encuentran. Esa complicidad con el público, esos vasos de cubata chocando entre sí, esos comentarios desenfadados e improvisados... Ningún directo recoge hoy día esas sensaciones. Las que, precisamente, le dan no sólo cuerpo, sino alma frente a un desangelado y frío disco de estudio. Ese calor y ese buen rollo que tantas veces he podido captar en tantos conciertos en garitos pequeños o medianos. Y aquí reposa, en un sitio privilegiado de la estantería. Debido a todos esos momentos. Capturados, ahí, en un cd y que con el transcurrir de las canciones te va atrapando, metiendo dentro de La Mandrágora y disfrutando, frente a frente, con estos tres autores geniales y esas canciones tan cachondas. Estás ahí, en esa grabación. Y no hace falta nada más. Pasándolo bien, que es de lo que se trata.
Nota final: Apenas un año después de esta grabación, el trío se separa y cada uno comienza su carrera en solitario, de todos conocida.
La conocimos en España, a finales de los 80, a través de una versión en castellano que popularizó la Once para un anuncio de la tele. "No te rindas" viene a ser su título. Y su mensaje.
Compuesta y cantada a la par por Kate Bush y Peter Gabriel, tuvo un enorme éxito, allá por 1987.
Una canción con un bajo de fondo sensacional, una melodía que te acompaña a lo largo de sus seis minutos y te va desvelando su intención de acompañarte en los malos momentos. Como apoyo para cuando las fuerzas te fallen. Y con esa pretensión es como la música, en general, se va colando en nuestras vidas y se queda para siempre. Al igual que ciertos poemas, al igual que ciertos cuadros o ciertos libros. Pequeñas cosas que en un momento dado las identificas contigo y las haces tuyas para hacerte más llevadero el camino. Don´t give up es una de ellas.
De Kate Bush poco más se puede añadir. Una artista con una voz muy peculiar, capaz de llegar a registros a los que pocas voces blancas pueden llegar. Una mujer inconformista y experimental con la música que lleva dentro. Incomprendida por no querer ser comercial. Una "rara avis" para las discográficas. Desde su primer trabajo en 1978 (The Kick inside) hasta el último en 2011 (50 words for snow) lo ha tenido muy claro. La innovación ha sido su bandera. Por ello, por ser un "aparte" en el pop actual, no ha sido justamente valorada. Su retiro de doce años fue un portazo a la convencionalidad de la industria musical pero como reza esta canción, ha vuelto. No se ha rendido y ahí sigue. Dispuesta a seguir fusionando estilos. A lo suyo. Para una inmensa minoría.
No es de extrañar, entonces, que se juntara con Peter Gabriel, ex- Génesis, y otro inconformista nato, para componer y cantar esta canción. El hombre que dejó uno de los grupos británicos más rentables de los años 80. Que fue uno de los primeros, dentro del pop también, a buscar la mezcolanza con otros estilos, en concreto con las raíces, con la música africana, con el compromiso con los derechos humanos y la lucha contra el Apartheid sudafricano. Para la Historia quedan canciones como "Biko", memoria de un activista en contra del segregacionismo racial.
También uno de los pioneros en fusionar música y puesta en escena en sus conciertos. Con trajes y montajes histriónicos, como salidos de un cómic.
Dos personas, en definitiva, que más tarde o más temprano, se tenían que haber conocido y haber sacado a la luz canciones así. No podía ser de otra manera.
La letra resume la actual situación. Y lo que pasaba en 1983. A principios de los 80 estábamos jodidos por la crisis económica y ahora, en 2012, más de lo mismo.
Este grupo gallego formado por Germán Coppini (ex Siniestro Total) y Teo Cardalda (posterior Cómplices) tuvo una vida efímera pero contundente. Efímera porque duraron apenas 4 añitos juntos. Desde el 82 hasta el 86. Mal rollito. Ya lo contamos en el post dedicado al grupo Alarma!! Cuando un grupo empieza a tener éxito es cuando se inflan los egos. Y, o cada uno asume su papel, o acaba todo como el rosario de la aurora. Al final, los grupos de rock (frente al control de marketing y prefabricado de los grupos de pop) son un hervidero de egos. Como en cualquier otro trabajo. Sólo que en éste, todos quieren ser los jefes.
Contundente por sus letras. Cojonudas. Y tristes. Realistas a fin de cuentas. Optimistas bien informados que se suele decir. Malos tiempos para la lírica y No mires a los ojos de la gente son dos claros ejemplos.
Siempre los recordaré sonando a todas horas en ciertos garitos de rock. Bares de día y pubs de noche. Un servidor, allá por los primeros ochenta, no levantaba dos cuartas del suelo y se metía en esos sitios, temeroso de Dios, buscando la máquina donde jugar al último videojuego de Arcade. Mientras sonaban estos chavales yo iba matando marcianitos y dejándome la paga de los domingos de cinco duros en cinco duros.
En el mundo exterior, la crisis pasaba factura a los más desfavorecidos. Se sucedían las manifestaciones, las protestas. Y esta canción se convertiría en la mejor radiografía de una época dura. Como ahora.
Otra de nuestras grandes canciones perdidas. Típica, tipiquísima. A muchos nos suena este baladón de los años 80, repetido en innumerables emisoras de radio. Muchos nos hemos parado a escuchar atentamente esta voz insinuante, con matices desgarradores en su tono, con un toque sutil de violines de fondo y un solo de Hammond, muy a los años 60. Una delicia.
¿A quién no le ha venido a la cabeza bailar esta canción ahí, agarradito a su pareja o imaginar a alguien con quién bailarla? La canción se presta a ello, la verdad.
Lástima que sea la gran desconocida. Sam Brown, inglesa, hija de rockeros (John Brown y Vicky Brown), la cual decidió seguir los pasos de sus progenitores y, como Alannah Myles, conoció las mieles del triunfo demasiado pronto con una canción que te llegaba hasta lo más profundo: Stop, en 1988. Toda una declaración de intenciones donde demuestra lo bien que maneja su portentosa voz. Como juega con los tonos y la hace ascender o descender, dependiendo del momento. Increíble.
Con ese disco vendió dos millones de copias por todo el mundo. Le siguieron dos discos más pero los rifi-rafes que mantuvo con su compañía discográfica, la hicieron descender a los infiernos. Es lo malo de depender de alguien. En el negocio musical, si una compañía discográfica te hace la cruz, despídete. Otra dictadura más. Y si no, que se lo pregunten a Prince.
Recientemente, ha intervenido de corista de lujo junto a grandes como Pink Floyd, Deep purple, George Harrison, Fish o Nick Cave. Ellos saben por qué. Y un servidor también. Una de las voces más hermosas que he escuchado, y, que por desgracia, ha pasado sin pena ni gloria por el firmamento discográfico.
Si algún día escuchan su nombre por la radio, no se lo piensen. Párense a disfrutar con su voz unos minutos. Las estrellas fugaces también son de admirar.
Desde 1969 a 2010. Ahí es nada. 41 añitos sudando rock and roll por todos los poros de su cuerpo. Aquí y allende los mares. Miguel Ríos se ha preocupado muy mucho por hacernos llegar a todos los castellano parlantes, la música que revolucionó el siglo XX. Y su dedicación plena merece todos los elogios y los premios que se le han dado, que son muchos.
Quién le iba a decir a él que su trabajo como empleado en la sección de discos de unos grandes almacenes, a finales de los años cincuenta, le iba a marcar de por vida. Y para bien. Por eso merece un sitio de honor en este blog. Canciones como su particular versión del clásico de Beethoven, El Himno de la alegría, Bienvenidos, Santa Lucía o la que nos ocupa, El blues del autobús, han contribuido a que el rock en castellano echara raíces en este país. Incluso sus letras, los títulos de sus discos... ¿Quién no ha escuchado la frase los viejos rockeros nunca mueren? Hoy día, ha traspasado su acepción original y se dice cuando alguien, a pesar de que los años aconsejen lo contrario, sigue al pie del cañón. Da igual la profesión que tenga. La justificación parte de aquí. De Miguel Ríos. Del rock cantado en lengua materna.
Tuve el privilegio de tropezarme con su doble directo, Rock and ríos (1982), en forma de casette doble, a finales de los 80. Gracias a un amigo de toda la vida que ya le seguía la pista y él, gracias a otro amigo de toda la vida, algo más mayor, que le escuchaba cuando nosotros todavía no levantábamos un palmo del suelo. Y no sólo eso. Hoy día, comparto con mi suegro (un respetable señor de 72 años) la afición por este granadino ilustre. Y es que Miguel Ríos y su música han traspasado dos generaciones de este país. Ha pasado de padres a hijos. Y pasará a los nietos cuando éstos vayan creciendo.
Antes de dejaros con esta maravillosa canción, en la cual, se refleja a la perfección, la cara B de este negocio, contaros una anécdota que en su día escuché del que sin duda es el mejor armonicista de este país, Ñaco Goñi, y del que en su momento, también hablaremos.
Fue invitado por éste a colaborar en un tema de uno de sus discos, entre los años 90 y la primera década del nuevo siglo XXI. Ñaco, mal que nos pese a muchos, no es conocido fuera del circuito de blues de este país. Por desgracia. Aún así, Miguel Ríos, aceptó encantado el ofrecimiento. Y aquí viene la anécdota. Cuando fueron a recogerle en la furgoneta para ir al estudio de grabación, ahí estaba, tan nervioso como ellos, como uno más, con el mismo entusiasmo que los años no le han logrado arrebatar. Ése, es Miguel Ríos. Toda una leyenda musical delante de nosotros y ahí estaba, contaba el bluesman, como un chaval, ilusionado y expectante, a la vez.
Efectivamente, los viejos rockeros, nunca mueren.
¡¡Bienvenidos!!